“ATRAVESANDO LA CIUDAD EN MEDIO DEL CORONAVIRUS: LA REALIDAD DE NUESTRAS TRABAJADORAS DOMÉSTICAS”

Llevo años estudiando la movilidad de las trabajadoras domésticas y preguntándome cómo hacer un mejor transporte público para ellas. Recién finalizada mi disertación me encuentro inmersa en la pandemia del coronavirus y expuesta a una nueva realidad. Ahora no se trata de cómo hacer sus recorridos simplemente más cortos, o más baratos, sino más salubres. Me choco con esa necesidad mientras miro por la ventana de mi cocina al apartamento del frente en el que la trabajadora doméstica sigue tendiendo las camas y aspirando los pisos en medio de la pandemia. Me pregunto entonces, cómo hacer que aquellas que tienen que seguir trabajando para mantener sus hogares no mueran en el intento.

De acuerdo con las fuentes oficiales y académicas existen entre 700,000 y un millón de trabajadoras domésticas en el país. Las trabajadoras domésticas son unas de las mayores usuarias del transporte público y tienen los viajes más largos de todas las ocupaciones estudiadas en la encuesta de Movilidad de Bogotá de 2015. La encuesta también revela que muy pocas usan las bicicletas o las motos. Muchas tienen miedo de usar motocicletas que les parecen peligrosas. De 20 trabajadoras que entrevisté en Bogotá, sólo una usaba una moto y lo hacía porque su esposo tenía un taller de mecánica y le hacía el mantenimiento a su vehículo. En Medellín ninguna la usaba, y sólo a una la llevaba su esposo en moto al trabajo.  

Miles viven demasiado lejos de sus lugares de empleo, teniendo que atravesar la ciudad entera para trabajar. Hoy, usando el transporte público, pueden demorarse hasta seis horas en Bogotá y cuatro horas en Medellín ida y vuelta. La bicicleta, que la Alcaldía de Bogotá ha fomentado con el aumento de ciclorutas durante la emergencia, no resulta una opción. Usar la bicicleta es especialmente difícil en ciudades como Bogotá y Medellín, donde la topografía hace que las ubicaciones de varias áreas residenciales de altos y bajos ingresos queden en las montañas. Las trabajadoras domésticas tendrían que ser escarabajos como Nairo para poder usar las bicicletas en sus trayectos cotidianos.

El automóvil tampoco les resulta asequible. Cerca del 80% de estas mujeres son trabajadoras informales. Muchas ni siquiera ganan el salario mínimo, entonces ser propietarias de un carro es casi una utopía. Tampoco les alcanza el sueldo para acceder a servicios de taxis y plataformas de transporte particular, especialmente porque las distancias que transitan son tan largas que una carrera fácilmente podría sobrepasar su ingreso diario.

Dada la precariedad de su situación económica, su temor a la siniestralidad que acompaña los viajes en moto, y las distancias y geografías que recorren diariamente, los viajes en vehículos individuales son imposibles para ellas. Esos vehículos las aislarían de alguna manera del virus. A menos que sus empleadores sean solidarios y les paguen el salario sin hacerlas trabajar, la gran mayoría de trabajadoras domésticas no tendrán otra opción sino seguir usando el transporte público por horas.

En este contexto, el coronavirus se vuelve especialmente grave. Las trabajadoras domésticas deben usar buses que siguen estando hacinados. El contagio en casa de sus empleadores o en dentro de las estaciones y vehículos de transporte público las vuelve focos de infección constante. Y esto es solo una cadena en la cual todos quienes las rodean, incluyendo sus empleadores, los usuarios con los que viajan y sus propias familias, se ven expuestos a una enfermedad invisible pero que se esparce con facilidad.

Frente a este panorama, mejorar la salubridad en el transporte público es la única opción. El uso de tapabocas, la disminución del hacinamiento, la limpieza constante de los vehículos, el suministro de jabones antiabacteriales, y el monitoreo del estado de salud de los pasajeros en las estaciones abren el camino para proteger a las usuarias más débiles de la cadena. Este tipo de medidas pueden salvar no solo la vida de las trabajadoras domésticas sino de todos quienes entran en contacto con ellas, cada vez que atraviesan las ciudades segregadas en las que vivimos.