“Cuando tu carro es 0 estrellas en seguridad”

El año pasado mi experiencia sobre la seguridad vial cambió por completo. Pasé de ser peatona y pasajera, totalmente desinteresada por los carros, a ser conductora. Por presión familiar decidí aprender a manejar – “porque es una necesidad, no un lujo”, “porque ahora tienes una hija y es mejor trastearla en carro”, “porque si hay una emergencia hay que ser capaz de mover el carro”. Y así me sumergí en la locura de conducir en una ciudad como Bogotá. Seguramente porque tengo casi 40 años y soy madre, desde el principio tuve claro que manejar era algo muy serio, una “actividad de alto riesgo permitida por el Estado” como leí en algún lado. Y que un carro puede ser un arma mortal. Por eso siempre he manejado más bien lento, tratando de no distraerme, mirando bien la distancia correcta hacia el ciclista, el motociclista, el peatón.

Pero la tapa fue cuando me enteré de que mi carro era 0 estrellas de seguridad, o sea, que si yo me estrellaba – sola o con mi hija en el carro – tenía altísimas probabilidades de morir en el choque. Esa información fue un baldado de agua fría. Mi esposo, que había comprado el carro unos años antes, no tenía idea de lo que yo hablaba. Cuando le pregunté:

  • Yo: Sabes cuántos airbags tiene nuestro carro.
  • Él: No sé, ¿uno?

Y sí: uno. Porque solo en el timón aparecía la palabra airbag.

  • Yo: ¿Y sabes si tiene frenos ABS?
  • Él: ¿Cómo es que uno sabe si los tiene o no? ¿Dónde lo dice?
  • Yo: Pues ni idea.

Busqué más información sobre la seguridad de los carros en Colombia y supe que la mayoría de ellos no contaban con los mínimos que son requeridos en muchos países del mundo – en Europa, Estados Unidos, Canadá, Japón, etc.-. No era posible entender por qué. ¿Acaso no merecemos la misma seguridad que los europeos? ¿Acaso nuestros hijos deben exponerse a mayor riesgo que los niños estadounidenses? Sentir que las familias colombianas son tratadas como ciudadanos de segunda categoría – lo mismo pasa con el resto de los latinoamericanos – por las industrias que fabrican carros no puede ser sino indignante.

Confiamos en las aerolíneas y subimos a toda nuestra familia en un vuelo, sabiendo que la seguridad ha sido un criterio priorizado permanentemente por la compañía. Que se caiga un avión es una tragedia con cubrimiento de medios a nivel internacional, y las aerolíneas pagan caro estos siniestros, con efectos negativos en su reputación e incluso pagando cuantiosas indemnizaciones a las víctimas.

En cambio, ¿quién responde por la inseguridad de los carros que usamos, y por los muertos y heridos causados por esta inseguridad? Deberíamos poder confiar en los carros que usamos, y tener plena certeza de que las marcas nos ofrecen condiciones mínimas de protección.

Mi inmediata reacción a esta información fue decidir tomar mayor conciencia de mi conducción: bajarle a la velocidad y ser aún más prudente en las calles. Pero sobre todo saber que cuando cambie mi carro –  ojalá pronto -, la seguridad será el principal criterio de mi compra.​