Es hora de tomarnos en serio la Visión Cero

Hablemos de algunas realidades ineludibles: primero, todos nos podemos enfermar; segundo, los siniestros viales existen y si usted no ha sufrido uno, tal vez lo sufra en algún momento de su vida; y tercero, un montón de personas se mueren a diario en las vías. A nosotros eso nos parece grave, ¿y a usted? Por más que nos hayamos acostumbrado a escuchar sobre los cientos, miles y millones de muertes por siniestros viales, lo cierto es que todas ellas se pudieron haber evitado. Es así de simple. Según la Organización Mundial de la Salud (aquí), 1.350.000 personas mueren al año en las vías del mundo. Pero en realidad, no debería ni una. Punto. Y no, no es una idea loca, ni exagerada.

De hecho, de eso se trata Visión Cero, una política que desarrollaron en Suecia en 1997 (la historia aquí) y que acá en Colombia estamos comenzando a entender. La política de Visión Cero tiene detrás estas ideas:

  • Los accidentes de tránsito NO EXISTEN. El diccionario de la Real Academia de la Lengua define accidente como “un suceso eventual o acción que involuntariamente resulta en daño para las personas o las cosas”. Pero resulta que la vida de las personas no puede ser un asunto de azar. Es decir, no pueden ser “sucesos eventuales o involuntarios”. De ahora en adelante, los llamaremos incidentes porque son “hechos que producen efectos no deseados”.
  • Los seres humanos no son perfectos: suelen cometer errores, y su resistencia a los impactos suele ser limitada. El hecho que un usuario de la vía (peatón, ciclista, conductor) se equivoque, no debe ser una condena de muerte.
  • Lo que pasa en las vías es el resultado de la interacción de cuatro elementos: la infraestructura, las leyes y los sistemas de control, los vehículos, y los actores viales. 

Veamos este último punto y hablemos de los actores viales, particularmente, de los conductores. Los principios de seguridad vial de hace cuatro décadas estaban basados en la inteligencia y en la perfección humana. Entonces se esperaba que un ser humano fuese capaz de seguir instrucciones y de no equivocarse. Es decir, de obedecer las señales de tránsito, manejar a bajas velocidades según lo indique la señal, y de frenar o esquivar un obstáculo. Y bueno, el ser humano es inteligente pero no es perfecto. Entonces, no tiene sentido que la responsabilidad de la seguridad vial recaiga única y exclusivamente en ese elemento, de los cuatro del sistema, que sabemos que no es infalible: el conductor. Sabiendo esto, suena sensato que los otros tres elementos ayuden a los humanos a dejar de cometer errores, ¿cierto?

Pensemos en otro ejemplo: imagínese en un avión o en un tren. ¿Usted espera que estas máquinas funcionen a la perfección y disminuyan al máximo el error humano para proteger a sus usuarios? ¡Claro que sí! Pero cuando hablamos de carros, pareciera que toda la responsabilidad recayera sobre el conductor, y eso no debe ser así. Metámonos eso en la cabeza: la responsabilidad no puede recaer sobre el ser humano. Como ya lo dijimos, lo que ocurre en las vías y su seguridad es un asunto sistémico: la responsabilidad es conjunta, de los usuarios, de las leyes y normas, de la infraestructura, y de los vehículos. Desde hace varios años, hemos visto que para tres primeros se han implementado medidas de control y pedagogía fuertes y efectivas. Ahora es el momento de pensar en los vehículos, en los carros más seguros. Piense que su carro es igualito a un avión. Si funciona al 100%, pero no tiene equipamientos de seguridad, ¿usted se subiría?

Volvamos a la realidad, al universo de las enfermedades. Para prevenir las muertes y discapacidades que ellas traen se promueven buenos hábitos, se crean vacunas, y se legisla a favor de la vida, y para curarlas se desarrollan medicinas o terapias. En una escala similar, en seguridad vial, ¿se pueden tratar esos siniestros con muertes y discapacidades, como si fuesen una enfermedad? Es decir, ¿con educación, con buenas prácticas y leyes a favor de la vida? ¿Sin dejarlos al azar?

La respuesta es SÍ.